CUADERNOS DE IDENTIDAD HISPANOAMERICANA II
Hispanoamérica, Latinoamérica e Iberoamérica: el problema de nombrar una comunidad histórica
Una aproximación histórica y cultural a tres maneras de comprender América
Gentilicio Hispanoamericano
Comprender para construir identidad
El problema comienza con el nombre
Las palabras con las que una sociedad se nombra rara vez son inocentes. Nombrar significa distinguir; distinguir significa ordenar, y todo ordenamiento de la realidad supone, aun cuando no se advierta, una determinada perspectiva desde la cual se contempla la historia.
Por eso la pregunta acerca de si debemos hablar de Hispanoamérica, Latinoamérica o Iberoamérica no pertenece únicamente al terreno de la terminología. Detrás de estas palabras existe un problema intelectual mucho más profundo: ¿qué elementos consideramos fundamentales cuando intentamos reconocer una comunidad histórica entre pueblos americanos distintos? ¿La lengua? ¿La procedencia de las antiguas metrópolis? ¿Las instituciones heredadas? ¿Una determinada experiencia colonial? ¿Las raíces indígenas? ¿La presencia africana? ¿El mestizaje? ¿La construcción republicana posterior a las independencias?
La respuesta cambia según el criterio utilizado. Precisamente por ello Hispanoamérica, Latinoamérica e Iberoamérica pueden referirse parcialmente a los mismos territorios sin constituir conceptos idénticos.
La distinción más elemental es relativamente clara. Hispanoamérica designa, en sentido estricto, el conjunto de países americanos de lengua española; Iberoamérica incorpora también al Brasil de lengua portuguesa; y Latinoamérica constituye una categoría más amplia, vinculada a los pueblos americanos cuyas lenguas predominantes proceden del latín.
Sin embargo, detenernos allí sería convertir un problema histórico en una entrada de diccionario. Y este ensayo pretende precisamente ir más lejos.
I. Los nombres también tienen historia
Uno de los errores frecuentes consiste en imaginar categorías como “América Latina” o “Hispanoamérica” como si hubieran existido desde siempre. No fue así. Las poblaciones que habitaban el continente antes de la llegada europea no podían concebirse a sí mismas como latinoamericanas, iberoamericanas o hispanoamericanas; tampoco el mundo colonial de los primeros siglos se comprendía utilizando exactamente nuestras categorías contemporáneas.
Los nombres fueron apareciendo dentro de procesos históricos concretos. El propio concepto de América Latina posee una genealogía discutida. Durante mucho tiempo se sostuvo que había sido fundamentalmente una formulación francesa, relacionada con la idea decimonónica de una “latinidad” contrapuesta al mundo anglosajón. Investigaciones posteriores han mostrado un escenario más complejo: Francisco Bilbao utilizó en París expresiones vinculadas a “América latina” en 1856, mientras José María Torres Caicedo empleó y difundió sistemáticamente la denominación durante la segunda mitad del siglo XIX.
La historiografía continúa discutiendo prioridades, influencias y matices, pero el debate permite advertir algo más importante que la simple paternidad de una palabra: las identidades no solamente son heredadas; también son pensadas.
Las generaciones posteriores a las independencias americanas tuvieron que enfrentarse a una pregunta formidable. Habían roto políticamente con las antiguas monarquías europeas, pero necesitaban comprender qué clase de sociedades habían resultado de tres siglos de historia colonial. Ya no eran España, pero tampoco constituían la continuación intacta de los mundos anteriores a 1492.
Eran otra cosa.
Encontrar el nombre de esa “otra cosa” fue también parte de la tarea intelectual americana.
II. Hispanoamérica: lengua compartida, historia diversa
En su acepción más rigurosa, Hispanoamérica encuentra su primer elemento de cohesión en la lengua española. No es poca cosa. Una lengua no es simplemente un instrumento utilizado para comerciar, dictar leyes o comunicarse en la vida cotidiana; contiene categorías, metáforas, tradiciones literarias, memorias religiosas, formas jurídicas y maneras de organizar intelectualmente la experiencia.
Desde México hasta el Río de la Plata, atravesando Centroamérica, el Caribe y los Andes, millones de personas pertenecientes a sociedades profundamente diferentes pueden reconocerse dentro de una misma comunidad lingüística. Esa comunidad no elimina las diferencias nacionales: las hace comunicables.
Pero reducir Hispanoamérica al idioma tampoco sería suficiente. Durante siglos existieron instituciones políticas, jurídicas, religiosas, educativas y administrativas relacionadas con la monarquía hispánica. Su presencia no fue uniforme ni produjo resultados idénticos en todas partes. Las sociedades virreinales de Nueva España y Perú, las regiones caribeñas, las provincias del Río de la Plata y las zonas fronterizas desarrollaron experiencias notablemente distintas.
La historiografía contemporánea ha insistido precisamente en esa diversidad interna. No existió una Hispanoamérica colonial absolutamente homogénea, como tampoco resulta históricamente sostenible imaginar una esencia hispánica que hubiera descendido intacta sobre todo el continente.
Pero el extremo contrario tampoco explica satisfactoriamente nuestra formación: varios siglos de vida jurídica, política, religiosa, económica y lingüística compartida no desaparecen de la historia por haber surgido dentro de una relación colonial.
La historia no trabaja con purezas.
Trabaja con procesos.
III. América existía antes de llamarse América
Edmundo O’Gorman formuló uno de los cuestionamientos historiográficos más fecundos del siglo XX al interrogar la idea tradicional del “descubrimiento de América”. Su tesis en La invención de América no consiste simplemente en sustituir una palabra polémica por otra más aceptable. El planteamiento es mucho más profundo: aquello que los europeos terminaron llamando “América” tuvo que ser incorporado intelectualmente a una determinada concepción occidental del mundo.
El continente no comenzó a existir materialmente en 1492. Lo que comenzó entonces fue otro proceso: su incorporación a un nuevo horizonte histórico, político y conceptual.
Esta observación resulta indispensable para nuestro problema. Antes de Hispanoamérica existieron numerosas Américas. Mesoamérica desarrolló civilizaciones complejas mucho antes de la llegada europea; los Andes poseyeron igualmente sistemas políticos, económicos, religiosos y tecnológicos propios; y entre ambos espacios existieron innumerables pueblos cuyas experiencias no pueden reducirse a los grandes imperios más conocidos.
La América anterior a 1492 no fue un escenario vacío esperando la aparición de Europa. Poseía historia, memoria, conflicto, conocimiento, religión, comercio, agricultura, arquitectura y organización política.
Reconocer la dimensión hispánica de nuestra historia, por tanto, no exige afirmar que nuestra historia comenzó con España.
Son proposiciones diferentes.
IV. Tampoco existe Hispanoamérica sin África
Existe otra simplificación que debemos evitar. Representar la formación hispanoamericana únicamente como un encuentro entre España y los pueblos originarios deja fuera a millones de seres humanos.
África participó profundamente en la formación de América. Buena parte de aquella presencia no fue consecuencia de un encuentro libre entre sociedades equivalentes, sino del sistema atlántico de esclavización y del traslado forzado de poblaciones africanas. Esta realidad obliga a utilizar con cautela palabras aparentemente armoniosas como “encuentro”.
También hubo violencia, explotación y desarraigo. Hubo resistencia. Hubo supervivencia cultural. Y hubo creación.
La presencia africana transformó profundamente amplias regiones americanas. Intervino en lenguajes, religiosidades, cocinas, músicas, economías, estructuras familiares, formas de sociabilidad y expresiones culturales que hoy resultan inseparables de nuestras sociedades.
Una interpretación intelectualmente responsable de Hispanoamérica debe reconocer, al menos, tres grandes dimensiones históricas de su formación: la americana originaria, la europea hispánica y la africana. Ninguna permaneció completamente aislada de las demás y ninguna, por sí sola, explica lo que finalmente llegamos a ser.
A ellas se agregarían después nuevas migraciones, nuevas influencias y nuevas experiencias nacionales.
Hispanoamérica no nació de una sustancia única.
Nació de una historia.
V. Mestizaje: una palabra necesaria y peligrosa
Aquí aparece una palabra inevitable: mestizaje.
Es necesaria porque describe procesos históricos reales. Es peligrosa porque también puede utilizarse para ocultarlos.
El mestizaje puede referirse a la mezcla biológica de poblaciones, pero la experiencia hispanoamericana obliga a comprenderlo además como fenómeno lingüístico, cultural, religioso, gastronómico, artístico e intelectual. El español hablado en América no es simplemente el español peninsular trasladado intacto; las formas religiosas americanas tampoco fueron siempre reproducciones mecánicas de modelos europeos; las instituciones importadas fueron apropiadas, modificadas y discutidas.
Los alimentos viajaron. Las palabras cambiaron. Las devociones se transformaron. Los pueblos resistieron, negociaron y adaptaron. Las jerarquías sobrevivieron mientras otras nuevas aparecieron.
Por ello, utilizar “mestizaje” como sinónimo de armonía sería históricamente ingenuo. Muchas mezclas tuvieron lugar dentro de estructuras profundamente desiguales y, en ocasiones, violentas. Pero negar el mestizaje porque sus condiciones fueron conflictivas sería igualmente insuficiente.
El resultado histórico existe.
Nosotros somos parte de él.
VI. ¿Por qué entonces llamarnos hispanoamericanos?
Llegamos así al núcleo del problema. ¿Por qué conservar la palabra Hispanoamérica?
No porque sea la única denominación posible. No porque represente una identidad racial. No porque implique fidelidad política hacia España. Tampoco porque permita borrar la historia indígena o africana.
Su utilidad reside en otro lugar.
Hispanoamérica permite reconocer una comunidad histórica y cultural existente entre sociedades americanas diversas que comparten, entre otros elementos, una lengua de comunicación y una extensa experiencia histórica relacionada con el mundo hispánico.
La definición debe ser suficientemente precisa para conservar significado y suficientemente abierta para no convertirse en dogma.
Brasil nos recuerda inmediatamente los límites del concepto: pertenece inequívocamente al mundo iberoamericano y latinoamericano, pero no al hispanoamericano en el sentido lingüístico convencional. Haití plantea otra frontera. Los pueblos indígenas que mantienen sus propias lenguas muestran otra. Las experiencias afroamericanas vuelven a recordarnos otra.
Las categorías históricas son útiles mientras comprendamos qué iluminan y qué dejan fuera.
Cuando una categoría pretende explicarlo absolutamente todo, deja de ser instrumento y comienza a convertirse en ideología.
VII. Pedro Henríquez Ureña y la búsqueda de una expresión propia
Aquí adquiere especial importancia Pedro Henríquez Ureña.
Su pensamiento resulta valioso porque la unidad americana que busca no exige uniformidad. En La utopía de América, Henríquez Ureña reflexiona sobre el problema de una cultura americana capaz de reconocerse a sí misma sin convertirse en una copia mecánica de modelos exteriores.
Ese problema continúa abierto.
Nuestra pregunta no consiste solamente en averiguar cuáles fueron nuestras raíces, sino en determinar qué hicimos —y qué podemos todavía hacer— con ellas.
Henríquez Ureña pertenece a una generación intelectual que comprendió que la emancipación política del siglo XIX no resolvía automáticamente el problema de la emancipación cultural. Era posible poseer repúblicas independientes y continuar mirando hacia otros centros para recibir de ellos nuestras categorías, nuestros modelos e incluso nuestras propias definiciones.
Su propuesta no conduce al aislamiento. Conduce a una tarea mucho más difícil:
participar de lo universal sin renunciar a producir una expresión propia.
Ese equilibrio resulta fundamental para la pregunta que anima a Gentilicio Hispanoamericano.
VIII. Rodó: una advertencia y también un límite
José Enrique Rodó había formulado anteriormente una inquietud relacionada. Publicado en 1900, Ariel se convirtió en uno de los grandes textos del pensamiento continental. La obra contrapone simbólicamente una aspiración espiritual, intelectual y estética frente al predominio exclusivo del utilitarismo, y su influencia sobre varias generaciones de intelectuales americanos fue considerable.
Pero leer a Rodó hoy exige también discutirlo.
Su América continúa siendo pensada desde un horizonte intelectual fuertemente hispánico y europeo. El siglo XXI no puede limitarse a repetirlo: tiene que ampliarlo.
Allí donde Rodó buscaba una personalidad cultural americana frente al utilitarismo, nuestra lectura debe incorporar con mayor claridad las matrices indígenas, africanas, populares y mestizas que el pensamiento de comienzos del siglo XX no siempre pudo integrar suficientemente.
Eso significa tomar a un clásico en serio.
No venerarlo.
Interrogarlo.
IX. Una identidad no se hereda terminada
Quizá este sea el punto decisivo.
Una identidad histórica no es un objeto encontrado intacto dentro de un cofre, ni una sustancia transmitida biológicamente de generación en generación. Es una construcción histórica: recibe elementos del pasado, pero los interpreta desde el presente.
En ese sentido, Hispanoamérica no debería entenderse únicamente como algo que fue. También puede comprenderse como una pregunta acerca de aquello que todavía podría llegar a ser.
Aquí reaparece Henríquez Ureña. La utopía no tiene que significar necesariamente la fantasía de una sociedad perfecta. Puede ser también una dirección, una exigencia, la búsqueda de una cultura capaz de reconocerse en su pluralidad sin fragmentarse y de participar del mundo sin disolverse en él.
Por eso discutir si somos hispanoamericanos, latinoamericanos o iberoamericanos resulta intelectualmente útil siempre que el debate no se convierta en una guerra de consignas. Los tres conceptos describen dimensiones reales. Latinoamérica permite observar una comunidad cultural más extensa; Iberoamérica reconoce la relación histórica entre los espacios americanos de herencia española y portuguesa; Hispanoamérica permite estudiar con mayor precisión la comunidad histórica articulada alrededor del español y de una prolongada experiencia vinculada con el mundo hispánico.
Ninguna denominación resuelve por sí sola quiénes somos.
Pero cada una formula una parte de la pregunta.
La Palabra Sagrada
Pedro Henríquez Ureña — La utopía de América
En este ciclo, La utopía de América funciona como nuestra Palabra Sagrada.
No porque Henríquez Ureña posea una respuesta definitiva. Precisamente lo contrario: lo elegimos porque transforma la identidad americana en un problema intelectual.
Su pregunta fundamental puede trasladarse hasta nosotros:
¿puede América producir una expresión cultural propia sin encerrarse en sí misma ni limitarse a imitar a otros?
Esa pregunta atraviesa todo este ensayo.
La palabra que buscamos no está escondida únicamente en España. Tampoco permanece intacta en el mundo anterior a 1492. Ni puede encontrarse aislando una sola de nuestras raíces.
Tal vez esa palabra deba ser construida.
Y quizá allí comienza nuestra verdadera Palabra Perdida: no como una contraseña que alguna vez poseímos y olvidamos, sino como el nombre todavía incompleto de aquello que históricamente estamos llamados a comprender.
Contrapunto crítico
Una investigación seria no debería concluir que “Hispanoamérica” es simplemente el nombre correcto y que los demás son equivocados. Una conclusión semejante convertiría la investigación en propaganda.
Las tres denominaciones poseen historias, alcances y limitaciones. Incluso el origen del concepto “América Latina” continúa siendo objeto de discusión historiográfica: Francisco Bilbao, José María Torres Caicedo, la intelectualidad francesa y las circunstancias geopolíticas del siglo XIX ocupan lugares diferentes según los autores consultados.
Reconocer esa discusión no debilita nuestra investigación.
La fortalece.
Porque Gentilicio Hispanoamericano no existe para demostrar una respuesta previamente decidida. Existe para formular mejores preguntas.
Y la pregunta que permanece después de distinguir las palabras es bastante más importante que ellas:
¿somos solamente herederos de culturas diferentes o hemos logrado convertir esas herencias en una civilización americana con conciencia de sí misma?
Esa respuesta todavía está en construcción.
Bibliografía fundamental
Bethell, Leslie (ed.). The Cambridge History of Latin America. Vols. I y II: Colonial Latin America. Cambridge University Press, 1984.
Henríquez Ureña, Pedro. La utopía de América. Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña, Santo Domingo, 2020.
Moya López, Laura A. “Pedro Henríquez Ureña: la identidad cultural hispanoamericana en ‘La utopía de América’”. Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, n.º 20, UNAM, 2000.
O’Gorman, Edmundo. La invención de América: el universalismo de la cultura de Occidente. Fondo de Cultura Económica, México, 1958.
Rodó, José Enrique. Ariel. 1900.
Rojas Mix, Miguel. “Bilbao y el hallazgo de América Latina: unión continental, socialista y libertaria”. Caravelle. Cahiers du monde hispanique et luso-brésilien, n.º 46, 1986, pp. 35–47.
FundéuRAE. “Hispanoamérica, Iberoamérica y Latinoamérica no son sinónimos”. Fundación del Español Urgente / Real Academia Española.
UNESCO. General History of Africa. Estudios dedicados a África y sus diásporas.
GENTILICIO HISPANOAMERICANO
Comprender para construir identidad.
Labor y constancia.

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